Hechos 2:4: Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.


Reflexión: El libro de Hechos nos recuerda que el primer signo del Espíritu no es algo llamativo para impresionar, sino la capacidad de llegar al corazón de las personas: cada uno escucha las maravillas de Dios en su propio idioma. Esto nos dice que Dios se toma en serio la historia de cada pueblo, sus heridas, su cultura y su forma de sentir y de pensar. En Pentecostés, Dios no borra nuestras diferencias; más bien, entra en ellas, les da valor y las pone al servicio del Evangelio. La unidad que trae el Espíritu no significa que todos seamos iguales, sino que, en medio de la diversidad, caminamos juntos: muchas voces, pero un mismo mensaje; muchos dones, pero una sola Iglesia.

 

En la vida diaria de la Iglesia, Pentecostés se manifiesta cuando nacen gestos concretos de perdón y reconciliación; cuando comunidades cansadas se atreven a soñar otra vez; cuando quienes se sentían «al margen» descubren que también tienen un lugar, una voz y un don que ofrecer. Es Pentecostés cuando la congregación aprende a escuchar a sus niños, a sus ancianos, a las personas en el espectro autista, a los migrantes y a los pobres, reconociendo que en todos ellos habita el mismo Espíritu. Es Pentecostés cuando, en medio de nuestras agendas llenas, permitimos que la necesidad del otro nos interrumpa y respondemos con ternura y con un compromiso real con la justicia.

 

Oración: Hoy, al celebrar Pentecostés, podemos hacer una oración sencilla: Señor, que tu Espíritu nos haga una Iglesia despierta. Una Iglesia que se deje guiar por el soplo del Espíritu. Que esta fiesta renueve en nosotros el deseo de ser una comunidad de puertas abiertas, corazones encendidos y manos extendidas, para que muchos puedan escuchar, en su propio «idioma», que Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas.  En el nombre de Jesús, Tu hijo amado, amén.

 

Pastora Glenda De León, 05/24/2026